No importa cuál sea el tópico, Daniela Ruiz -actriz, directora y fundadora de 7 colores diversidad-, siempre habla con pasión. Su oratoria, curtida por calor del teatro, conoce de tonos y pausas. Alterna el recuerdo de su Salta natal con el duro relato de quien aprendió a los tumbos a hacer política desde las tablas para que arda la desigualdad y la exclusión que aquejan y persiguen a su colectivo. Porque ante todo, Daniela Ruiz es una ferviente militante por los derechos de las personas LGBTTTIQ, que hizo del teatro una herramienta al servicio de las luchas por la visibilización y el respeto a la diversidad: “No hay cultura si no estamos todes”, sentencia.

Collage: Noelia Ale

De ese deseo motor emergen sus numerosas y reconocidas obras, Si me queres quereme trans, Presas de la vida, Calabozo en la 25, Monólogo de las tetas con pene, Hotel golondrina, entre otras: “Nacen desde el poder permitirnos, desde un lado disruptor, aportar una mirada que antes no se veía”, relata. “Las cuestiones de género, la sexualidad… todo eso me interpelaba muchísimo y desde ahí nace 7 colores diversidad”, cuenta sobre su compañía teatral que tiene como objetivo visibilizar la diversidad en la cultura y en las artes. “Para mí el teatro es un arte político, es una forma de expresión política”, continúa. Y es en el planteamiento de esas nuevas formas de expresividad, con corporalidades travestis-trans, desde donde libra la batalla por un pluralismo real: “Si viéramos en todos los medios culturales a muchas chicas travestis no estaríamos hablando de esto pero eso no sucede porque todavía hay una cuestión política en la cual no se puede contemplar. Por eso nuestro arte es una teoría, una perspectiva, una visión que se mete en las venas de todos para decir ‘Sí, esto también es teatro’. Eso nos permite a nosotras mirarnos y empezar a entender que la cultura tiene que ir acompañada por las mujeres, las lesbianas, las disidencias y la diversidad sexual”.

En esa búsqueda, Daniela genera discursos y espacios inclusivos. Por eso, en sus obras, sus personajes rompen con los roles estereotípicos y presentan al público historias tangibles, genuinas, que le ganan la pulseada a los prejuicios y a aquellas representaciones falsas que contaminan nuestro imaginario: “Me pregunté, ¿por qué las mujeres tienen que ser lindas, bonitas, rubias de ojos verdes, hermosas, altas y blancas? Y ¿por qué las travestis tienen que ser prostitutas, periféricas, cloacales, vendedoras de drogas, en los lugares más abyectos?”, suelta y abre un interrogante que pone en la mira la construcción de sentido: “¿Quien escribe eso? ¿quienes son los que dicen?”, dispara. “Hay lugares de toma de decisiones que nosotras no los tomamos y las mujeres tampoco los toman. Desde ahí me dije, ‘No, esto tengo que cambiarlo’ porque sigue habiendo una perspectiva totalmente biologicista, heteronormativa, cisnormativa… y me propuse hacer algo diferente”, cuenta. “Somos nosotras las que tenemos que cambiar nuestra propia mirada. Yo soy autora. ¡Qué me van a decir como tengo que ser, actuar, qué es lo que soy, quién soy, cómo se interpreta, cómo se mueve una teoría alternativa a la heteronorma! ¿Qué travesti no está capacitada para hablar de sus formas de vida?”, ruge.

Foto: Lucila Apaza

Además de empoderar las voces y las experiencias de quienes son protagonistas, otro de los logros de Daniela es generar nuevos espacios de encuentro social para las mujeres travestis y trans: “Ponernos en otro lugar, cambiar la estructura, poder pensarse en primera persona como personas que ya no están afuera sino que están adentro, también implican un montón de cosas alrededor. Podernos ver, visibilizarnos en distintos lugares, de distintas formas, con nuestras palabras, nuestras teorías y con nuestra perspectiva. Porque… ¿en dónde se ve a las travestis? No se ven. Nosotras, desde este lugar, abrimos el campo para que no solo las compañeras puedan sentirse sino para pensarse, una forma externa de mirar a la gente. Somos parte de esta sociedad pero no periféricamente sino como una parte, como aporte a todos los sistemas”, comenta.

Para eso, 7 colores diversidad cumple un rol fundamental: “Hoy pienso que la compañía tiene que ver con la forma de poner el cuerpo. Esta es mi forma de poner el cuerpo, ponerme a la vanguardia, a la cabeza, y eso implica que irrumpan conceptos, una feminidad travesti. Desde ese lugar me voy a plantar y vamos a seguir haciendo cosas para visibilizar al colectivo desde otro lugar”, expresa.

Sin embargo, y tal como se conversa en las charlas debate que se hacen después de cada función, aún quedan reivindicaciones por conquistar: “Todo lo que hacemos es desde abajo, no tenemos financiamiento ni del Estado ni de nadie, solo las herramientas del teatro. Eso nos permite tener una voz crítica o autónoma si bien a la vez también necesitamos ayuda, por eso pedimos el cupo laboral travesti trans, hacemos nuestra militancia de la ESI, tenemos una manera directa y política de expresarnos, cuestionando la cultura desde el lado autogestivo”, cierra.

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