En un contexto en el que estamos en permanente cuestionamiento sobre la forma que tenemos de vincularnos sexoafectivamente con otres y donde por lo general la discusión la centramos en la importancia de la responsabilidad afectiva entre quienes nos relacionamos y en la imposición de la monogamia y la heterosexualidad, cabe también preguntarnos cómo pensamos las prácticas sexuales en sí mismas y, en esta línea, como las representamos y las hacemos visibles. En este sentido, sabemos que la visibilización de las prácticas sexuales se da sobre todo desde la producción que hace la industria pornográfica que es la que nos viene enseñando qué es y cómo tener sexo. Sin embargo, ¿Es el porno comercial la única alternativa que se nos ofrece?

Ilustración por: @dibujorros

En el 2015, un grupo de performers realizó en la facultad de ciencias sociales de la UBA una intervención que ellas mismas denominaron pospornográfica. Con el impacto que tuvo la actividad, lograron poner literalmente sobre la mesa del ámbito universitario y los medios de comunicación, la necesidad de pensar qué tipo de consumos tenemos con respecto a lo sexual. Comenzó a hablarse rápidamente del posporno y muches no habíamos escuchado jamás ese término. La pregunta por el posporno obliga a repensar primero en el porno que conocemos para así entender por qué el posporno surge como respuesta de combate al mismo. Entonces nos preguntamos, ¿Qué estamos mirando cuando miramos pornografía? ¿Qué se nos enseña?

“No se le paró entonces no garchamos” “¿Cómo cogen las lesbianas si no hay pija?” Cuantas veces escuchamos el mismo tipo de relato o preguntas. Como si tener sexo se limitara únicamente a aquello que puede hacerse en torno a un pene erecto. Eso es lo que se nos enseña desde la pornografía que conocemos: que tener sexo es un acto que se centra en lo genital y sobre todo en el placer y deseo masculino. En el porno comercial, la tríada sexo, género y orientación o deseo sexual se representa con una linealidad normativa y naturalizante. La pornografía comercial muestra a modo de tutorial de coreografía repetitiva, un catálogo limitado de formas de vincularnos sexualmente que parece ser la correcta y que es esperable de reproduzcamos de forma natural. Como si viniéramos formateades con determinados deseos acorde a un género (que para la pornografía son únicamente dos: varón o mujer). Las distintas películas muestran actrices y actores más o menos parecidos en su aspecto físico y en escenarios variables. Como si mirar porno se tratase de un juego de playstation donde podemos elegir determinados personajes y escenarios pero la aventura fuese siempre la misma, con los mismos obstáculos y la misma forma de ganar (el juego se completa con la eyaculación del varón). Y si de repente el juego que se nos ofrece no nos gusta o ya nos aburre, si nos atrevemos a fantasear otro tipo de juegos, con otro tipo de personajes y dinámicas, somos depravades, anormales, deberíamos tener vergüenza o sentir culpa. Algo anda mal. Es que la pornografía refuerza la heteronorma y las relaciones de poder funcionales al patriarcado. Opera como dispositivo de disciplinamiento de nuestros cuerpos y deseos en función al sistema. En general es hecho por hombres y para ellos (incluso mucho del porno lésbico es producido desde y para hombres). Las prácticas sexuales que se muestran son falocéntricas y coitocentristas y refuerzan estereotipos de género y belleza. (Los cuerpos gordos, negros, intersex, con discapacidad, son invisibilizados o entran en clasificaciones especiales; para la pornografía comercial, sólo ciertos tipos de cuerpos pueden ser sujetos de deseo). Por otra parte, la forma de producción de la industria pornográfica responde al modo de producción capitalista. Se pone el foco en la ganancia, y las actrices y actores están precarizades y no tienen poder de participación en ideas artísticas ni mucho menos. Son cuerpo-mercancía de la heteronorma patriarcal. En contraposición -desde un posicionamiento transfeminista-, el posporno nace y se produce como respuesta a este porno hegemónico y opresor.

En un primer momento hubo un sector del feminismo que, desde la crítica a la industria porno, propuso y militó la abolición de la misma. Sin embargo, más adelante desde el feminismo pro-sexo se planteó que el porno no debía ser eliminado sino puesto en manos de mujeres y disidencias y de esta forma, ser apropiado como arma de lucha que permita la visibilización otras formas de vivir el placer; otros cuerpos, vínculos, prácticas y expresiones. Fue Annie Sprinkle, una conocida actriz porno quien, cansada de trabajar en el mismo tipo de películas del porno tradicional y, desde una crítica al mismo, decidió pasar a ser ella misma directora y guionista de sus propias películas he inventó el término posporno cuando realizó una performance en la que ridiculizaba la manera que tiene el porno de mostrar el cuerpo (como los primeros planos casi médicos que se hacen de los genitales).

Así nace el posporno como respuesta crítica y con una visión positiva del deseo y el placer. Donde la sexualidad misma es un territorio de lucha y disputa. Donde la excitación sexual de les espectadores no es el principal objetivo, sino que –orientado al goce estético- desde la parodia, la polémica y la incomodidad, se muestran otras narrativas de placer y liberación que nos mueven a cuestionarnos acerca de los viejos saberes impuestos desde la pornografía comercial. Donde la sexualidad se muestra como un plano de creatividad, en el que cualquiera puede dar y recibir placer de forma activa y fiel al propio y particular deseo de cada une. Donde se muestra el cuerpo como un todo posible de ser fuente de placer y se le quita protagonismo a la dupla reproductiva pene-vagina. Y el posporno lo hace no solo desde el cine, sino que explora diversas manifestaciones (poesía, teatro, performance, música, etc.). En este sentido el posporno es un movimiento artístico. Es también un movimiento político porque además de ser crítico del sistema heteronormativo, la forma de producción es autogestiva y horizontal. Los distintos grupos que producen posporno suelen ser gente amiga que produce con presupuestos mínimos. Y la forma de circulación se da en festivales y encuentros que organizan los distintos grupos. De esta forma le hace frente a la lógica mercantil que se maneja desde el porno mainstream.

El posporno indaga y visibiliza diferentes prácticas contrasexuales: cibersexo, ecosexualidad, BDSM (como práctica en la que el traspaso de poder es consensuado y voluntario, poniéndose en evidencia con los juegos de rol, la artificialidad de las relaciones de poder y donde el cuerpo en su totalidad es lugar de experimentación, corriéndose del coitocentrismo), son algunas de las tantas.

Un trabajo interesante para acercarse al posporno es el documental “Mi sexualidad es una creación artística” de Lucía Egaña, que ilustra la escena posporno de Barcelona en sus comienzos, con entrevistas a les principales referentes del movimiento.

Frente al porno comercial que no nos representa se levanta entonces un nuevo movimiento expresivo que busca dar respuesta a la demanda de productos culturales y artísticos que pongan en escena que la sexualidad puede vivirse y explorarse de múltiples formas y en las que las mujeres y disidencias ponemos nuestro cuerpo y creatividad priorizando nuestro placer y deseo.

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