En “Un cuarto propio”, Virginia Woolf dice que el feminismo viene a poner en palabras lo no dicho. Y esa misión, en el mundo editorial, cada vez se nota más.

Desde el 25 de Abril al 13 de Mayo, y como todos los años, Buenos Aires fue testigo de una nueva edición de la Feria Internacional del Libro en donde el feminismo tuvo un rol destacado. Mujeres, lesbianas, bisexuales, gays, travestis y diversidades dijeron presente en más de 70 actividades que incluyeron presentaciones de libros, relecturas colectivas de clásicos, performances de poesía, mesas redondas sobre géneros y sexualidades, talleres de ESI y lenguaje inclusivo, debates sobre orgullo y diversidad sexual.

Pero -vale aclarar- que si fuimos nosotres el sector incipiente que copó los stands de la Feria, no fue porque ya hayamos ganado la lucha por el respeto y el reconocimiento, sino porque logramos, a fuerza de disputa, y con todo el backlash que cualquier resistencia conlleva, algo irreversible: que nuestras verdades ya no sean ignoradas. Que la sociedad se la tenga que ver de frente con nuestras palabras. Ya no nos escondemos ni volvemos al closet. Ya no sentimos vergüenza, ni aversión, ni miedo. Decimos más fuerte que no. Que a los machos no los cuidamos más. Rompimos los pactos de silencio. Estamos acá y somos trinchera. Logramos insertarnos en primera persona en un mundo que antes nos leía casi exclusivamente desde la prosa y perspectiva de los hombres. Hoy conquistamos un lugar para nuestras voces, nos hablamos. Mostramos las heridas, y con el foco en los problemas y las deudas en derechos, ponemos la otra mejilla para que sepan que vives y libres nos queremos y que, pase lo que pase, vives y libres nos tendrán (que soportar).

Así, los días transcurrieron en bailes de emociones. Nos fortalecimos frente a una Belén López Peiró sentada frente a cientos de personas, serena, ante las Actrices Argentinas que siguieron los rastros de su abuso. Tomamos fuerzas para lo que viene en la presentación de “Será ley” de María Florencia Alcaraz. Nos llenamos de orgullo con Marlene Wayar y su libro “Travesti”, nos derretimos con la poetisa Susy Shock. Debatimos sobre la agenda feminista con Mabel Bellucci y Dora Barrancos. Reflexionamos sobre Disidencias, Iglesia y Estado con Cele Fierro y Pablo Vasco. Celebramos a Camila Sosa Villada, escritora y actriz trans, por su novela “Las Malas”. Y así, solo por mencionar a algunes de les muches que colmaron la agenda, que llenaron de militancia cada pasillo de los pabellones de colores, cada sala de escritores célebres, cada espacio respirable por el conglomerado de asistentes caóticos y ansiosos que llegaron a ser más de 1 millón.

Juntes visibilizamos -e invitamos a les demás a explorar- las feminidades trans y travestis, las infancias libres, los cuerpos disidentes, la sexualidad fuera de la heteronorma, y a cada asiento curioso que se ocupaba ganabamos un paso, un metro de luz a la negación.

Y en cada evento, una nueva trama. El día en que Luciana Peker nos regaló “La revolución de las hijas” fue un concierto de resistencia y amor. Porque la periodista -de más de veinte años de trayectoria-, es una estrella de rock. Una estrella que se le anima a los colores y a las verdades. Una estrella que se saca fotos con chicas que usan remeras con sus frases. Luciana -la “mamá de todas”, según la actriz Thelma Fardín- es una estrella de rock de la palabra, de les diverses, del feminismo que ya no teme, del que se planta mano a mano. Luciana, la que pone firme el hombro mientras llora.

Su presentación le dijo “hoy no” a la violencia que nos rodea y nosotres, les presentes, lo sentimos. El aire estaba cargado. Nos reímos, nos lloramos, nos abrazamos. Escuchamos a la pequeña dirigenta Ofelia Fernández, hablar de su relación con el feminismo, del impacto de la muerte de Lola Chomnalez, una joven argentina asesinada en Uruguay. De cómo un día, cansades de sentirse tan soles, sus amigues y ella llamaron a organizar la bronca y la esperanza. “Algo cambió para siempre y sabíamos que íbamos a vivir para confrontarlo”, dijo la ex presidenta del secundario vanguardia de las luchas, el Nacional Buenos Aires. “Después de despertar nos dimos cuenta de que podíamos comernos el mundo pero que había que conocer la historia primero, hay una lucha incansable que nos construyó el terreno a nosotras”, agregó sobre sus referentas y la visita sorpresa en el panel de Estela de Carlotto, madre de Plaza de Mayo.

La escenografía viva se desarmó entre lágrimas y sonrisas del corazón. Nuestra lucha nos conmueve y nos duele. Ambas por igual. Como escribió Luciana: “La historia se construye desde los que dicen basta”. Y nosotres no sólo dijimos basta sino que nos dimos cuenta de que la táctica maestra para nuestra victoria es estar juntes: “Sin estas redes nos comen crudas. La única manera es esta, estando juntas”, sentenció la actriz Thelma Fardín quien acababa de presentar, días antes, su libro sobre el arte de no callar. “Ya no tenemos miedo. Las reacciones me hacen sentir que estamos haciendo las cosas bien, que estamos haciendo lo correcto”, cerró. Y su declaración fue acunada por Carlotto y su experiencia: “Cuando una lucha por algo que cree que tiene que hacer, no se tiene miedo”, dijo.

Frente a la mesa en donde hablaban autora e invitadas, una niña bailó sin borde ni sentido del tiempo. No se preocupó por las miradas -aunque amorosas-, ni se inmutó ante las voces que resonaron por hora y media en sus oídos. Solo bailó luciendo su remera rayada con brillos. Nadie intentó frenarla, menos retarla. La multitud sonrió siempre a sus ojos de glitter. Esto también es por les niñes. “No voy parar hasta que mi hija tenga los mismos derechos que mi hijo”, bramó Luciana Peker y agregó que “el feminismo salva vidas, el feminismo salva pibas”. Y en esa tarea, para la periodista, el arma de la palabra es fundamental: “Que sea siempre contra el abuso, contra la violencia y contra el genocidio”.

Es que el contrafuego de las letras puede ser fatídico y letal. Pero si no lo creen, conversen una tarde con “Por qué volvías cada verano”, del encendido puño y letra de Belén López Peiró que cada dos o tres párrafos lanza una estrella ninja. “Así que no te calientes”, dice en una de sus páginas, “que su hombría se derrumba cada vez que sentás el culo y escribís. Deshacelo con palabras, acabalo en un punto y garchátelo entre comas. Así sin más. Sin más pena, sin más dolor, sin más de vos”.

Porque cada vez que une de nosotres escribe, al patriarcado se le suelta una tuerquita. Una tuerquita que se sumará a otras, ya libres en el suelo, hasta que sean la cantidad suficiente como para hacer caer un pedazo de estructura. Una parte tal vez ínfima pero que con el tiempo -y con la salida de otras tuerquitas- irá aflojando una pata más grande y oxidada.

Porque cuando escribimos hacemos y torcemos. Intoxicamos el aire de pluralidades. Avanzamos. Recortamos. Nos levantamos. Ponemos nombre a lo falto de coherencia y explicación. Pasamos páginas, las releemos. Nos bloqueamos y después volvemos. A lo viejo y de lo viejo. A lo nuevo y de lo nuevo. Escribimos porque la historia nos debe una y porque queremos hacer realidad la libertad, el fin de la opresión y la explotación, que hoy plasmamos y proyectamos en páginas en blanco.

“No tengan miedo, no bajen los brazos, sepan que vamos a triunfar”, cerró Estela de Carlotto y un rayo de lucha histórica partió en dos el piso.

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